Nací en Madrid en 1994, un viernes frío de enero que amenazaba con lluvia, lo cual supongo que explica por qué me gusta tanto el invierno y los países nórdicos. También me gustan las cosas bonitas y aparentemente inútiles, así que desde pequeña me sentí atraída por el arte en cualquiera de sus vertientes. Además, tengo la suerte de haber crecido en una casa llena de libros —y en la que esos libros se leían—, por lo que siempre han sido como una extensión más de mi cuerpo: no recuerdo ni un solo momento de mi vida que no pueda vincular a uno. Empecé a escribir antes de saber hacerlo, yo dibujaba mis historias y se las dictaba a mi madre o a mis tías para que las escribieran ellas. Desde entonces no he parado.
Siguiendo con las cosas inútiles, decidí estudiar Comunicación Audiovisual porque me gustaba el cine y hacer fotos. En una de las primeras clases, salió aquello de «una imagen vale más que mil palabras» y supe que iba a pasarme cuatro años dividida. En cuanto tenía oportunidad, yo barría para casa, es decir, para la literatura. Luego hice un máster en Estudios Literarios y otros tantos cursos en edición de libros, corrección y maquetación. He tenido diferentes trabajos, unos por vocación y otros por necesidad, pero desde 2024 me dedico casi de manera exclusiva a la traducción literaria de sueco a español.
Siempre he dicho que la razón que me empujó a aprender sueco no es nada interesante, pero tan poco interesante no será si acabé escribiendo un libro sobre eso (ahora si quieres saber cuál fue no te quedará otra que leerlo, así de misteriosa soy). Lo que me llevó a la traducción es más fácil de explicar: me fui de Erasmus a Malmö, en el sur de Suecia, y descubrí un montón de libros que quería leer, pero que solo podía hacerlo en sueco, lo cual me dio la motivación para continuar. Y, cuando los leí, pensé que también quería que más gente pudiera leerlos. Así que en eso estamos.
