(Extracto de Cartas de Suecia y Finlandia).
Me da vergüenza confesarle a M. mi pánico a los barcos, así que le digo que no me gustan mucho pero que de todas formas sí quiero ir a Suomenlinna, la fortaleza construida sobre varias islas en Helsinki. Haremos una de las rutas que las recorren, miraremos con envidia a la gente que ha ido a pasar el día y a bañarse (porque cuando hemos salido de Karjaa no pensábamos que fuera a hacer este calor y no llevamos bañador) y meteremos un rato los pies en el mar.
En el ferry, M. y yo apenas hablamos, en parte porque ella no para de moverse haciendo fotos y yo estoy quieta en mi asiento intentando tragarme mi miedo y no hacer demasiado el ridículo. M. y yo nos conocimos hace solo un par de días. Si fuera alguien con quien tuviera más confianza no le habría dejado levantarse de mi lado y le estaría apretando el brazo con las dos manos y toda mi fuerza. Pasamos al lado de otras islas e islotes, grandes y pequeños, con sus casas también de todos los tamaños, rodeadas de árboles y rocas que hacen de playa y zona para tomar el sol, con sus muelles privados donde la gente deja sus barquitos cuando vuelven de la ciudad. A mí también me gustaría vivir —al menos por un tiempo— en una de ellas, a pesar de mi miedo a los barcos. Bordeamos una de las islas y aparece una especie de mansión que no consigo llegar a ver si es un hotel o un restaurante o una residencia privada, pero que se levanta en lo alto, justo en el centro, con el mirador, los balcones y los torreones de formas onduladas completamente despejados de árboles, parece que tanto para que quien esté ahí pueda disfrutar de las vistas como para que quienes la veamos desde lejos la admiremos. Si fuera mía, el tema de los barcos no sería un problema, porque no necesitaría salir de la isla casi para nada. Me limitaría a invitar a gente —que obviamente nunca diría que no, porque qué clase de persona diría que no a semejante paraíso— y, de paso, les pediría que me trajeran la compra.
Tampoco me haría falta tanto. Un poco más allá aparece una islita mucho más pequeña, con una única casa de madera de color rojo en lo alto de las rocas, por encima incluso de los árboles, y pienso en Klovharun, la isla de Tove Jansson y Tuulikki Pietilä. En ella construyeron su cabaña de madera y pasaban los veranos —desde la primavera tardía hasta el otoño temprano— conviviendo con nada más que los pájaros, el viento, las tormentas, su gato y una barca llamada Victoria. Tove Jansson no era nueva en eso de la vida en una isla: de niña, su familia había veraneado en otra de las islas del archipiélago de Pellinge y decidió que algún día, cuando fuera mayor y rica, sería la guardiana del faro de una. Ya de adulta, su hermano Lars y ella compraron la isla de Bredskär y también construyeron allí una cabaña, pero aquello no era suficiente y, además, el sueño de pasar los veranos en una isla no era exclusivo de la familia Jansson, sino también de muchísimos finlandeses. En Anteckningar från en ö escribe: «Todos los que nos mudamos [al archipiélago] enseguida pensamos que habíamos encontrado el paraíso. […] Y queríamos que lo admirasen, mostrárselo a todo el mundo, invitábamos a gente y volvían una y otra vez, un verano tras otro, cada vez más. En ocasiones venían con amigos y otras sin ellos, y hablaban sin parar de su anhelo por lo sencillo, lo primitivo y, sobre todo, de su deseo de soledad. Poco a poco la isla se fue llenando de gente. Tooti y yo empezamos a pensar en irnos todavía más lejos». Y se fueron a Klovharun, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Porvoo y unos ochenta de Helsinki, una isla rocosa y casi estéril, que solo tenía un poco de vegetación baja, más allá de la cual no hay nada más que mar. Tove y Tuulikki rondaban ya los cincuenta años, pero, a pesar de las dificultades que suponía vivir en una isla así, en la que a menudo se quedaban completamente aisladas por las tormentas y un mar demasiado bravo y peligroso para Victoria, o de la guerra continua que tenían con las gaviotas, que nunca terminaron de aceptar a las nuevas residentes, pasaron allí los veranos durante casi treinta años. Hasta la madre de Tove las visitaba con bastante frecuencia (lo cual se unía a la lista de dificultades, pues la convivencia entre ellas tres no era siempre del todo fácil). Construyeron una cabaña de una sola estancia, aunque a menudo dormían fuera, en una tienda de campaña, para poder dedicar la única habitación al resto de actividades de su vida, a cocinar, a trabajar y a leer. El libro Anteckningar från en ö es un registro precioso y triste de los veranos en la isla, con anotaciones y entradas de diario de Tove e ilustraciones de Tuulikki, sobre todo de los primeros años, cuando todo se sostenía por la ilusión de lo que estaban construyendo, y los últimos, cuando la decisión de marcharse definitivamente se volvió inevitable. Tove había dejado de ver aquello como una aventura y le empezó hasta a dar miedo el mar. Lo que antes se tomaban como meras complicaciones ahora se había convertido en una inseguridad constante. No era solo la edad, habían pasado una serie de cosas que las empujaron a tomar esa decisión, entre ellas todas las veces que, a su vuelta a la isla, se encontraban la cabaña medio destrozada por los soldados rusos que la veían deshabitada y se refugiaban en ella para beber.
Tove y Tuulikki donaron la cabaña a la asociación del patrimonio de Pellinge y, durante una semana al año, en verano, puede visitarse. Es un trayecto corto, de una media hora, pero por la propia naturaleza de la isla, y porque no tiene ningún tipo de muelle o embarcadero, solo se puede acceder en barcos pequeñitos, como Victoria, la barca que usaban ellas. En las fotos de la web se ve el mar muy tranquilo, pero no hace falta conocer demasiado la zona para imaginarse que eso no siempre es así, y mucho menos allí, tan mar adentro. Por el suspiro interno de alivio que he dado nada más llegar a Suomenlinna y poner el pie en tierra firme, deduzco que el viaje a Klovharun tendrá que esperar bastante.
